El abrazo del Cantábrico

Mar y cielo Cantábrico.

Lluvia, frio, viento, mar embravecido. El Cantábrico asturiano no es precisamente un destino turístico invernal de primer orden. Y es una pena porque aunque es duro, rebosa de encanto. Y enseña. Aprendes que la calma viene siempre después de la tempestad. Dure lo que dure.

Para mi, 2015 ha sido un año mágico. Empezó y mi espalda literalmente se rompió. Demasiado estrés, demasiado exceso de horas delante del portátil. Puta crisis. Y me instalé en la playa de Salinas en El Pez Escorpión. Un precioso beach hostel y escuela de surf por aquellos meses vacío de no ser por mi peculiar presencia y la de algún esporádico peregrino en su ruta hacia Santiago de Compostela.

Tocaba buscar la paz interior, cambiar la curvatura de la espalda: de estar hacia delante mirando al portátil a hacerlo hacia atrás en la tabla de surf. Dejarse abrazar por el poder curativo del Cantábrico. El Pez Escorpión fue el mejor sanatorio posible. La calma en medio de la tempestad.

Mi «despacho» en El Pez Escorpión.

La forma: un win win. Ayudar a mi amigo Carlos con la web y redes sociales del albergue y cuidar de él como si fuera mio. A cambio: alojamiento en primera línea de mi playa, mi casa, donde todos son amigos. Así deberían ser todos los acuerdos, todos deberíamos ganar (o perder) en la misma medida. Llámame idealista, pero me curé.